País pirata

De un tiempo a esta parte vengo pensando que Ecuador puede ser observado a manera de experimento en materia de derechos de autor. Imaginemos un lugar donde, en la mayoría de los casos, esos derechos no se cumplen; un lugar donde la piratería campa a sus anchas sin control ni mucho menos restricción. No hace falta imaginar, sólo hay que mirar a Ecuador.

Yo vivo en Quito, y es increíble como, de unos cinco o seis años hasta ahora, las calles se han visto inundadas por la piratería, primero de música, luego de películas y por último de software. Al principio eran pequeños puestos callejeros cuya oferta fue creciendo y creciendo hasta llegar a lo que son ahora, locales repletos de todo tipo de productos “copiables”. Aquí ya no es que haya solamente un mercado de la piratería, hay hasta una industria. Muchas tiendas de música y películas se han visto obligadas a cerrar, a reducir su tamaño o a reciclarse. Yo, la verdad, aún no tengo muy claro si esto es positivo o negativo. Y es que no es posible hacer una relación directa entre piratería y perjuicio a la industria audiovisual ya que hay que tener en cuenta diversos factores que quiero enumerar ahora.

  • Primero, el precio. Obviamente, si hay que elegir entre pagar de $15 a $20 por un cd o un dvd, cualquiera elegirá el dólar o $2 que cuesta la versión pirata del mismo producto. Los piratas no tienen los mismos gastos de producción de una gran empresa. Y claro, los autores no reciben ningún beneficio. Pero pisemos con los pies en la tierra: en un país donde los sueldos medios son de $300 para abajo, donde los precios de los alimentos están cercanos a los españoles (comparación que hice hace dos años cuando estuve en Madrid, entre el Corte Inglés y el Supermaxi), comprarse un producto cultural resultaba un lujo, y en muchas ocasiones un lujo inalcanzable. Por mucho que se empeñen en mercantilizarlos, la música y el cine aún siguen siendo bienes culturales -y aunque la inmensa mayoría son perecibles, hay otros que no-. Esos precios contribuían a vetarlos a la mayoría de la población. Y no estamos contando con que esos precios, sin ninguna duda, estaban inflados. De esto último no tengo ninguna prueba fehaciente, pero es que la credibilidad de las tiendas se va al carajo cuando también recurren a la piratería, disfrazándola de producto original. Esto lo he observado en varias tiendas de Quito, en su sección de DVDs. Coges películas o conciertos que están con precios desde $5 (los menos) hasta $10 o $15 (los más) y, al mirar con detenimiento la carátula, descubres que tiene varias zonas pixeladas. Y esto no es que sea un caso aislado, sino general. Miré y remiré varias carátulas. ¿Me van a decir que la Warner o la Fox van a sacar un DVD con la carátula pixelada? Es verdad que no se nota mucho, pero sí lo suficiente como darse cuenta de que nos están dando gato por liebre. ¿Y quieren que no piense que los precios de los productos legales no están inflados cuando inflan los de los piratas y nos los hacen pasar por legales?
  • Segundo, la oferta. ¿Qué había interesante en las tiendas que valiese la pena comprarse salvo alguna curiosidad o joya ocasional? Los piratas, una vez que tocaron techo con los productos más populares, empezaron a traer otras cosas: animé, películas minoritarias, series de televisión, música alternativa, bandas sonoras de películas, heavy rock en todas sus vertientes, y un largo etcétera. Ahora mismo es más fácil encontrar una curiosidad o una joya digna de ese nombre entre las tiendas piratas que en las tiendas “legales” (se merecen el entrecomillado). A ver, ¿cómo hubiese podido ver yo cosas como “Mirror Mask”, de Neil Gaiman y Dave McKean, o el “Don Quijote” de Orson Wells, o la primera temporada de “Canción triste de Hill Street” (Hill Street Blues)? Eso, entre otras. Porque si entramos en el terreno del animé…  ¿Y qué decir ya no sólo del uso personal, sino del uso de películas en las aulas? En la vida hubiésemos podido examinar en mi taller “Ghost in the shell” o “Patlabor 2” para demostrarles a mis alumnos en mi taller de cine que en Japón no todo es “Doeramon” o “Supercampeones”.
  • ¿Y dónde quedan los autores ecuatorianos? Pues esto resulta curioso, pues los piratas no piratean a ecuatorianos. Creo que esto es algo más reciente, aunque exactamente no sé cuanto. La industria ecuatoriana de la música, desbordada por la piratería, sacó a la venta dos tipos de ediciones de cd: la cara y la barata. La primera era la usual, con caja de plástico y cuadernillo, a un precio también usual entre $12 y $15. La segunda era tan sólo un sobre de cartón con el cd, pero a un precio de $3. No sé que ocurrió con estas ediciones, ni si funcionaron o no, pues hace mucho tiempo que no piso una tienda “legal”. Pero lo que sí sé es que ahora ya no hay productos ecuatorianos entre los piratas. O eso dijo al preguntarle uno de los que atendían esas tiendas. ¿Será verdad? No lo he comprobado.
  • El asunto del software creo que es más peliagudo, aunque bastante similar. Por un lado está el precio del software original, que puede hacerlo inaccesible para muchos que lo necesitan, pero por otro lado resulta que tampoco hay como conseguir ciertos programas porque, sencillamente, la mayoría de la población no tiene los medios para adquirirlos por su canal habitual de distribución, Internet. Y he aquí la paradoja: las exigencias de alfabetismo y especialización tecnológica son cada vez mayores, ¿y cómo hacer entonces, si no hay manera de procurarse esa alfabetización y esa especialización? Es el equivalente al absurdo ese de poner como requisitos de trabajo juventud y experiencia. Pero, por otro lado, la piratería le hace un flaco favor al movimiento de software libre, pues resulta imposible valorarlo en su justa medida, por lo menos en lo que se refiere al usuario personal, no a una empresa. En mi caso, me topo con esos problemas prácticos cuando trato de convencer a mis alumnos de que el OpenOffice.org es una alternativa óptima al Microsoft Office, al que están totalmente acostumbrados porque es el que enseñan en todas partes. Sin embargo, trato de hacer énfasis en el aspecto ético y parece que les va calando.

Teniendo todo esto en cuenta, bajo mi punto de vista, la piratería es positiva en Ecuador pues permite un acceso mayor a un número mayor de la población a un mayor número de productos, aunque su calidad de reproducción y conservación no sea la más idónea. Además, se ha generado un mercado que está dando de comer a lo que parece un número importante de gente (sería interesante conocer cifras más o menos reales). Quizá sea por eso por lo que el gobierno hace la vista gorda, o tal vez las empresas (las multinacionales, digo) no hacen presión al efecto porque ya antes de la piratería sus ingresos eran magros e incluso esta nueva situación les ha beneficiado de rebote en alguna manera (en el caso de la música, por ejemplo, con conciertos) o no les ha afectado.

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