Libros de texto en cómic

Marshall McLuhan decía que “el medio es el mensaje”, y en esta afirmación se ampara Will Eisner cuando trata de explicar en su libro “La narración gráfica” la razón por la que el cómic ha sido menospreciado como medio de comunicación: “Su formato y sus imágenes coloreadas han dado por sentado que su contenido era muy sencillo”. En los últimos veinte años han aparecido obras que han dado al traste con esta creencia demasiado generalizada… pero no lo suficiente. Sin embargo, también en los últimos años ha habido una corriente pedagógica que ha luchado por incluir al cómic dentro del currículum escolar, aunque siempre sin pasar más allá de utilizarlo como herramienta secundaria de apoyo para el desarrollo de destrezas linguisticas.

A mi parecer, el cómic puede ser una herramienta válida de primer orden para la transmisión de conocimiento, tal y como son los libros de texto escolares. Bajo esa creencia, hice mi libro “Ciberia” y sólo el tiempo y el uso dirá si fue acertada o no. Pero, precisamente haciendo el libro y observando algunos de sus resultados (de mi cómic y de otros), he podido apreciar a qué es debido que el cómic pueda funcionar como libro de texto y cuales son los métodos o técnicas que se pueden emplear para potenciarlo dentro de esa función.

El cómic, por su propia lógica interna, divide la información en trozos, lo cual la hace más fácil de asimilar. Las imágenes que acompañan a estos trozos refuerzan la información que transmiten y, en muchos casos, la amplían.

El cómic educativo puede emplear dos técnicas principales. Por un lado, puede narrar una historia bajo el paradigma convencional de planteamiento-nudo-desenlace, incorporando en ella los hechos, aspectos o detalles que nos interesa que los alumnos aprendan y luego añadir un apéndice que señale todos esos elementos y amplíe la información sobre ellos.

La otra técnica es más próxima a la historia ilustrada: un narrador explícito o implícito desarrolla secuencialmente los temas a tratar, empleando los dibujos como apoyo estético, en unos casos, o para ampliar la información en otros, pero siempre respetando las convenciones del cómic, dotando a la narración de una fluidez que la haga fácil de leer. Para esto es necesario considerar a un cierto número de viñetas como una sola unidad narrativa, y no tan sólo a cada viñeta de manera individual, pues entonces la fluidez narrativa se entorpece y deja de existir.

Otro elemento a tener en cuenta es la realización de los dibujos, que dentro de su corrección han de ser sencillos, sin más detalles de los indispensables. Nada de preciosismos ni florituras en la línea, ni tampoco exceso de tonalidades en el entintado. Es mejor algo aproximado a la “línea clara” francobelga que a los “Spawn” o “Danger girls” recargados de Image.

El cómic tiene en semejanza con el cine que permite presentar información de manera que sea asimilable con poco esfuerzo. Es precisamente la prima del cine, la televisión, la que con su mínimo de exigencias hacia el espectador ha hecho que se extienda un hábito de pereza mental en actividades de mayor demanda intelectual, como la lectura. Pero el cómic, a diferencia de sus otros dos primos (porque están unidos por lazos sanguineos, no nos olvidemos de eso), aún demanda del lector un mínimo de intervención al tener que recrear en su cabeza los sonidos y el movimiento, lo cual ya es una actividad intelectual.Quizá sea precisamente esta actividad la que permite que los lectores habituales de comics se conviertan luego en su mayoría también en lectores de libros. Acostumbrados ya al esfuerzo de realizar una recreación mental de unos pocos elementos, luego resulta más fácil esforzarse un poco más y entonces llevar a cabo una recreación de todos los elementos, como es necesario hacer en la literatura. Así, la introducción del cómic como medio para transmitir conocimiento causaría un efecto colateral sumamente útil, deseado y buscado por los profesores: la iniciación adecuada y el fomento del hábito de lectura. Esto se convierte casi en un imperativo en una sociedad que sumerge a los alumnos en un oceano audiovisual donde los procesos intelectuales se adormecen perezosamente al recibir todo masticado.

Con su fuerza visual expresiva actuando en conjunción con el texto, el cómic se convierte en un arma muy eficaz para la enseñanza. Por lo visto (y aunque lo he comprobado en mi mismo, no recuerdo la fuente de donde saqué esta información), retenemos más información cuando la leemos que cuando la escuchamos. Esto hace que los medios audiovisuales permanezcan en desventaja a la hora de erigirse como un elemento pedagógico completamente autónomo, si bien pueden ser un excelente apoyo. Sin embargo, el cómic, bajo los parámetros adecuados, puede servir para realizar libros de texto completos que sean más entretenidos de leer que muchos de los mamotretos que emplean las escuelas.

Para que el cómic se expanda dentro del campo educativo hace falta que colegios, editoriales y sobre todo artistas se animen a probar la experiencia.

Yo ya lo he hecho, y creo que funciona.

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